Ya nos encontrábamos por octava vez en un 6 de Septiembre en el aeropuerto.
Yo no me sentía bien. Estaba desanimada ¡Muy desanimada! Llevaba varias noches soñando con los tiuques de la Plaza de Armad de Osorno. Veía todos los bancos caqueteados por estos horribles pájaros mutantes y cuando en la mañana los municipales abrían las mangueras para pistonearlos salía de ellas un agua barrosa y nauseabunda. El sueño variaba cada noche un poco, pero sólo en la cantidad de excrementos y en la cantidad de municipales. ¡Viva la cesantía! Gritaban y yo me despertaba.
Me precipite al pasillo sofocada y resoplando lo recorrí como siempre, pero infructuosamente. Entre los pasajeros y el equipaje vi una silla de ruedas sin ocupante; me acerqué a un guardia para preguntarle por ella. Me informó que un chofer de uniforme negro la había dejado allí y se había retirado sin decir palabra. Entonces supe que ya no estaba conmigo en este mundo. Para volver a encontrarnos tendríamos que esperar una próxima encarnación y ojalá que en esa oportunidad fuéramos muy jóvenes
para vivir una larga vida complementados.
Cuando la guía me llamó para que pasara a la sale le dije que no iría. Quiso
replicar, pero yo me alejé rápidamente.
____________________ 0 _____________________
Las viudas podrán seguir viajando 12 años más, pero Georgina jamás
volverá a poner sus pies en el aeropuerto Pudahuel de Arturo Merino
Benítez.